La comerciante, de 68 años y con diabetes, trabaja con su triciclo en la zona desde 1999 vendiendo pan a sus caseros.

“Fanny del pan”. Así la conocen sus caseros de Miraflores desde 1999 —y aún antes— cuando empezó a recorrer las calles con su triciclo cargado de pan caliente.

Han pasado más de dos décadas y hoy, a sus 68 años, sigue saliendo antes del amanecer para cumplir con quienes la esperan cada mañana.

A las 6:00 a.m., Fanny Acevedo Quispe ya está en la zona de la calle Madrid con Bolognesi y Grau. Lleva entre 350 y 400 panes que reparte casa por casa y en algunos edificios donde la conocen de toda la vida.

“Los he visto crecer, ahora son abuelos. Muchos caseros míos han fallecido. ¿Quién no me conoce?”, cuenta.

Pero desde hace aproximadamente dos semanas —según denuncia— fiscalizadores municipales le exigen que no permanezca fija en una esquina luego de sus repartos, sino que continúe circulando con el triciclo sin detenerse.

El problema es que ya no puede hacerlo como antes. Fanny tiene diabetes, neuropatía y pie diabético. Usa bastón para caminar y admite que manejar el triciclo largas distancias se le hace cada vez más difícil.

“Me dicen que camine y camine, que no me puedo parar. Pero yo ya no puedo como antes”, explica con la voz entrecortada.

TRABAJA CON TEMOR
Aunque asegura que no ha sido multada ni le han decomisado el triciclo, afirma que la fiscalización es constante y que incluso la vigilan con cámaras.

Tras lo sucedido, algunos le advirtieron que no haga pública su situación por temor a represalias de la municipalidad.

“Trabajo prácticamente asustada. Ahora me voy a las 8:30 a. m. aunque el horario sea hasta las 9:00 a. m., por temor”, relata.

Fanny vive en Surco, pero depende de esta venta diaria para costear sus medicamentos y gastos básicos. Sus hijos tienen sus propias familias y no pueden cubrir completamente sus necesidades.

“Si yo tuviera para mis medicinas, ya me iría a mi casa. Pero necesito trabajar”, dice.

MÁS DE DOS DÉCADAS COMO PANADERA
Conserva su carné de sanidad y asegura que siempre ha cumplido con las normas. Su rutina consiste en repartir pan por los alrededores del óvalo Bolognesi y luego transita por un máximo de dos horas por las zonas de Jorge Chavez con Madrid donde sus clientes habituales la buscan.

“Mi pecado fue quedarme en esa esquinita después de mis repartos”, señala.

Ante la situación, vecinos han comenzado a recolectar firmas para presentarlas ante la municipalidad. Según cuenta, ya superan el centenar. “Si tú te vas, a quién le voy a comprar pan”, le dijo uno de sus clientes más antiguos.

Por admin

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