«Keiko Fujimori se ha desplazado desde la derecha a la extrema derecha, del liberalismo al conservadurismo».
Desde hace una década, los resultados electorales son ajustados y, lamentablemente, no siempre respetados. Pero, por más que se parezcan, nunca dos elecciones son iguales, aunque persistan patrones: Lima diferenciada del resto del país, las urbes frente al ámbito rural, entre otros.
Lo único permanente desde hace quince años es Keiko Fujimori, que ha hecho que la política y las elecciones se articulen alrededor de ella y del fujimorismo. El fujimorismo es la única corriente política permanente en el Congreso en lo que va del siglo y, hasta 2031, habrá tenido la cuarta parte de todos los congresistas de todos los partidos en tres décadas. Es, además, el partido que, más allá de quienes provienen de fuentes privadas, ha recibido y recibirá la mayor cantidad de financiamiento público.
Esta presencia y fortaleza son innegables. Por eso, desde hace cuatro elecciones, Keiko Fujimori es una alternativa alrededor de la cual se discute. Es claro que el no fujimorismo y el antifujimorismo no solo existen, sino que se articulan para discutir u oponerse. Pensar que se trata solo de un capricho o un sinsentido es no entender que cualquier corriente política de esa envergadura crea su propia oposición social y política.
Keiko Fujimori se ha desplazado desde la derecha a la extrema derecha, del liberalismo al conservadurismo. Se ha comprometido con sectores políticos, económicos, religiosos y regionales; ha firmado, jurado y prometido de todo. Se distanció y se opuso al indulto de su padre, como también se enfrentó a su hermano Kenji hasta llevarlo al desafuero y a la denuncia penal. No cabe duda de que tiene una enorme ambición y voluntad política, factores clave para una carrera como la suya.
Esta vez está mejor posicionada que en las elecciones anteriores, donde no perdió solo porque carga con el peso de un gobierno autoritario y corrupto como el de su padre, ni por haber encauzado políticas y leyes que favorecieron a grupos mercantilistas, fanáticos u oscuros. Perdió también porque esa disciplina, cálculo y entrega de vida a la política no han podido convertirse en conexión emocional ni empatía con la gente, para que le crean lo que cuenta y promete, cosa que su padre sí logró, incluso para que muchos le pasaran por alto el asalto al Estado.
Esta vez puede ganar. Pero si se asume que su apoyo real es el 17%, su triunfo en segunda vuelta no resolverá el problema de origen. Como todo presidente, quedará atada a sus promesas, alianzas y compromisos de campaña. Pero, a diferencia de otros, arrastrará un peso mayor: el de su apellido, su trayectoria, sus contradicciones y una resistencia política y social que no desaparecerá con el resultado electoral. Incluso con mayoría en el Congreso recién elegido, su presidencia nacería con una legitimidad estrecha y una oposición que no tendría que construirse: ya existe.