Política y democracia

La palabra y práctica política, muy venida a menos en los últimos tiempos, debido al accionar reñido con la moral de representantes y funcionarios, merece se le tienda una especie de “boya” para tratar de salvarla, en tanto resulta necesaria para retomar el camino de la esperanza para hacer del país algo distinto, asegurando el funcionamiento del sistema democrático, cuyo resultado se traduzca en beneficios para vivir en colectividad. Lo señalado refleja la preocupación de muchos ciudadanos sobre la relación entre acción pública y ética, pues nos estamos distanciando cada vez más de los presupuestos morales en el quehacer político, lo que no debe continuar.

Como ciudadanos, entendemos que el objetivo de un Estado y de sus gobernantes es la búsqueda del bien común; por lo tanto, este se desnaturaliza, pierde su esencia, cuando se corrompe, cuando debido al comportamiento de algunos para favorecer ciertos intereses sean individuales o colectivos, altera las reglas sociales, perjudicando a los demás. Por ello, constituye un grave error acusar a la política de estos hechos, ya que en realidad (sin eximir nuestra culpabilidad) las prácticas negativas son de exclusiva responsabilidad de quienes hábilmente, fungiendo de políticos, arrebataron nuestra representación en procesos electorales. Y sería aún peor alejarnos de nuestro deber, dejando las decisiones políticas en manos de quienes la deshonran.

Ahora bien, la inestabilidad, que caracteriza el devenir político de nuestro país, hace que la interrupción del sistema democrático o del régimen político, así como el cambio en las formas de participación y organización de los actores sociales, sea una posibilidad permanente. Por esa razón, en estos momentos, el compromiso ciudadano demanda, por ejemplo, dar curso a discusiones serias, comprometidas, oportunas y sin apresuramientos en torno a temas referidos a la gobernabilidad, reforma del Estado, descentralización, Constitución, propiedad privada y colectiva, entre otros. Debemos asumirlo como una oportunidad para repensar la democracia y la participación que en ella se ejerce, admitiendo asimismo que “la democracia no es el silencio, es la claridad con que se exponen los problemas y la existencia de medios para resolverlos”, conforme fuera advertido por Enrique Múgica Herzog 

Ciertamente, la calidad de la ciudadanía y de las relaciones democráticas está determinada por la educación. De allí que los procesos educativos referidos al desarrollo de capacidades de diálogo, la disposición para aprender de los otros, el desarrollo de la responsabilidad social en el ejercicio de nuestra libertad, la valoración y el respeto de la diversidad, y el desarrollo del pensamiento crítico deban orientarse a contribuir, por un lado, a la construcción de una nueva actitud ciudadana, y por otro, a proporcionar los criterios éticos para la participación en el escenario público.

Estando a puertas de las elecciones generales, importa señalar que la democracia no se agota o reduce a los procesos electorales, tampoco a la aceptación del monopolio de la actividad democrática por los partidos políticos. Por el contrario su esencia se relaciona con el acompañamiento de ciertas formas de control del poder concedido; acción que corresponde justamente a los ciudadanos y sus organizaciones. Por lo cual, resulta oportuno considerar lo anotado por Rigoberta Menchu: “La democracia no es una meta que se pueda alcanzar para dedicarse después a otros objetivos; es una condición que solo se puede mantener si todo ciudadano la defiende”.

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