Acción política, ciudadanía y bien común

Poniendo siempre por delante los intereses del país

En la actual coyuntura hay dificultades que nos acompañarán por mucho tiempo, y que se manifiestan en el decaimiento de la economía, el desempleo, la agudización de la pandemia y la persistencia de la corrupción, entre otros problemas. Y no obstante resultar coherentes y esperanzadoras las prioridades definidas por el Ejecutivo, referidas a la reactivación económica y el “combate” de la pandemia, importa señalar que en un escenario pre electoral –con candidaturas irresponsablemente dispersas, el auge de la informalidad, disminución de inversiones e incremento de disconformidades con sus expresiones en materia de conflictos–, esas dificultades pueden convertirse en obstáculos que afecten la recuperación económica y de la salud, y también las propias relaciones sociales.

El bienestar social –por estar asociado a la adecuada distribución de los bienes y a la justicia, incluyendo al conjunto de condiciones de la vida social, con las cuales los hombres, las familias y comunidades pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propio desarrollo– debe ser considerado cuando se aspira acceder a cargos públicos. La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente lícitos.

En un país multicultural y en el camino de fortalecer la cohesión, las diferencias individuales deben ser vistas como una de las múltiples características de las personas que en el contexto de la unidad no pierden su esencia; por el contrario, se suman a la colectividad. Es por ello que en el escenario político, debemos rescatar las relaciones que se crean a partir de la convivencia e interinfluencia, priorizándolas sobre las diferencias de opinión, puntos de encuentro y miradas coherentes a futuro. Al respecto, deben servirnos de referentes afirmaciones y compromisos trascendentes como los de Rosa Luxemburgo, que orientaba sus objetivos afirmando su entrega: “Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres.”, o las preocupaciones del político argentino Arturo Jauretche, quien señalaba, “Comprobamos que los hechos unifican y las abstracciones dividen y que por sobre la carnadura de los acontecimientos, las divergencias del nivel ideológico pierden importancia ante la demanda de soluciones”.

El conocimiento se crea a través de la interacción y colaboración de las personas, como parte sustantiva de su socialización. Por eso cualquier desempeño individual nos remite a un desempeño colectivo en función del cual el aporte individual cobra sentido. De modo que la construcción de una visión colectiva tiene cimiento en el aprendizaje grupal y en la conexión entre vivir y aprender, por ello en términos políticos debemos tener en cuenta que se aprende haciendo.

En tanto el bien común, por estar más allá de la conveniencia de cada uno y de la búsqueda exclusiva del interés propio, constituye el fin de la actividad política. Su puesta en práctica en la sociedad en las condiciones actuales difícilmente puede ser garantizada por las estructuras políticas, económicas o técnicas, si se obvia la responsabilidad de las personas e instituciones. En este período, la participación ciudadana, poniendo por delante los intereses del país, se convierte en un terreno propicio y atractivo para realizar una autocrítica real sobre nuestras decisiones políticas y el ejercicio de ciudadanía. Acompañar y elegir a nuestros representantes con conocimiento de causa exige asumir las consecuencias que se deriven de nuestras elecciones.

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