andres-zevallosEDUARDO GONZÁLEZ VIAÑA: .- Novelista, periodista y profesor universitario en Estados Unidos, Eduardo González Viaña publica cada semana la columna “Correo de Salem” que aparece en diarios de España y de las Américas. Inmigración, cultura y análisis político son sus tópicos más frecuente.

Lo hallé hoy en una librería de Pórtland, y no podía creerlo. Me había pasado la noche soñando con Cajamarca y con la belleza trágica de esa ciudad de los andes peruanos, y llegar la mañana me encuentro sin buscarlo con un álbum de la iglesia de piedra de Belén, uno de los complejos arquitectónicos más asombrosos del arte español y americano.

Las fotos han sido, por supuesto, recopiladas por Andrés Zevallos de la Puente, el pintor, quien, además traza un cuadro histórico y una descripción del conjunto de edificios religiosos y sanitarios de ese nombre que comenzaron a construirse en 1642. Dije “por supuesto” porque si ustedes quieren conocer Cajamarca y no pueden viajar allá por el momento, les aconsejo que vayan a una exposición del pintor Andrés.

Allí encontrarán los rostros del campo, las fiestas de la siembra y la cosecha, el color de las flores y los árboles, los ritos del amor y de la vida, y por todas partes, los tunales, las piedras, las dudas, las montañas, las penas, las sombras, las nubes, las palabras iniciales de la creación y todos los hechizos que hacen de Cajamarca una tierra encantada.

No solamente encantada: Cajamarca es también una de las ciudades eternas. Si en el Viejo Mundo Jerusalem es la tierra de la redención humana, Roma la ciudad de los césares y Constantinopla el lugar de la tragedia que parte al mundo en dos; en el nuestro, Cusco, México y Cajamarca son las urbes donde se funda una historia del hombre y dondese sufre la desintegración de un sueño milenario. Las diferentes mitologías coinciden en que cada una de ellas tiene un doble en el cielo.

Pero los cajamarquinos no se contentan con eso y aseguran que, además, poseen un túnel, arriba, en la cumbre del cerro Santa Apolonia, por el cual pueden ir directamente al Cusco, y al cielo, que es casi lo mismo.Pero yo he llegado a Cajamarca en sueños anoche, y lo primero que se me ocurrió pensar fue que allí nada había cambiado desde el comienzo de los tiempos. Las casas y las calles eran las mismas, y los mismos eran los generosos amigos que me recibían.

El Sol era el mismo sol, y la Luna, la misma luna de antaño reflejándose en las aguas rojas de los baños del Inca, en las murallas de piedra de San Francisco o de la Catedral o en los ojos negrísimos de alguna misteriosa cajamarquina que camina por mi recuerdo. Estoy seguro de que, si lo hubiera deseado, habría reencontrado la misma moneda que lancé al estanque hace años, la historia que no terminé de escribir entonces o el sueño que se me quedó enredado en lo alto de un monte o cerca de una nube oscura.

Caminando en sueños, entré a la municipalidad, y la encontré cruzada por una red informática y colmada por murales y pinturas de Zevallos que narran al visitante la historia de los caxamalcas, cajashos o cajamarqueses. Como en sueños uno no se cansa, subí por calles verticales, entré a la casa de Andrés y conversé con sus hijas; su esposa Jovita me invitó una sopa teóloga y, por fin, retomando el camino, llegué ala cima del cerro Santa Apolonia, donde uno se tropieza con la ermita de la Virgen, el trono de las tres sillas, el túnel que supuestamente conduce al Cusco y a una docena de caminos que nos llevan por el cielo hacia lo que fue y lo que será y hacia el recuerdo con una fuerza que no tiene límites.

Todas las ciudades clásicas tienen un pintor que guarda el recuerdo de cómo fueron aquéllas para que las generaciones nuevas continúen edificando el viejo plano, y Andrés es el cajamarquino que, en el siglo presente, ha sido designado para esta tarea. Pero él ha asumido una más, que consiste en recopilar y pasar de boca en boca los relatos de Lino León, un fantástico fabulador del siglo XIX, cuyo parentesco nos honra. Esto es más o menos algo de lo que Andrés me contó en sus mismas palabras, que son las palabras propias del tío Lino:

Perseguido por un toro bravo, el tío Lino se había subido sobre un árbol de mostaza, y desde allí le hacía zumba: “Das crees que me vas a fregar”, mientras el animal bufaba y rascaba el suelo con rabia. Tanto rabió que elárbol ya estaba a punto de venirse abajo.

“En eso que yastaba por caerse la mostaza, atinó a pasar porai una nube redonda que volaba bajito. Cuando estuvo a la mano, el tío ¡das! se metiódentro de ella y se fue hasta Cosiete”.

“Allí estaba garuando y había salido un arco en el cielo. Entón el tío se apeó por el arco, pero su poncho se había pintado de siete colores.”

Y es lo mismo que me está ocurriendo cuando salgo de este sueño, repito algunas palabras que antes había dicho, releo el álbum que encontré en la librería Powells, saludo a Andrés Zevallos, inventor de Cajamarca, y no sé cuándo va a salir este arco iris que se ha metido en mi casa.